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17 de abril de 2009

La fortuna de Juan


Después de haberle servido durante siete años, el joven Juan le dijo a su patrón: “Señor, mi tiempo de servicio se ha acabado. Ahora me gustaría volver a casa con mi madres; déme mi sueldo”. El patrón le contestó: “Me has servido fielmente y, tal como ha sido tu servicio, así será tu remuneración”. Y el patrón le dio una pieza de oro tan grande como la cabeza de Juan.


El chico cogió la pieza de oro y se encaminó hacia la casa de su madre. Pero como el oro pesaba, al poco tiempo Juan se sintió cansado. En ese momento pasó un señor a caballo, y Juan exclamó: “¡Ay, qué bonito sería poder cabalgar y no tener que caminar y hacerse daño con las piedras del camino!”. El señor se detuvo y le preguntó: “Y, ¿entonces, por qué vas a pie?”. A lo que el joven contestó: “Pues porque no tengo más remedio. Además, tengo que cargar con esta piedra, que, aunque es de oro, resulta muy pesada… Me hace daño en los hombros y no puedo mantener la cabeza erguida”.


“¿Sabes qué? Cambiemos: yo te doy mi caballo y tú me das el oro”, le propuso el señor. “Encantado. Pero le advierto que esto pesa mucho”, le dijo Juan. Pero el señor insistió, bajó de su caballo, cogió el oro y ayudó a Juan a montar. Juan estaba muy contento de poder ir a caballo, era rápido y cómodo. Pero al cabo de un rato, el caballo empezó a galopar y Juan, que no era muy buen jinete, cayó en una zanja de la carretera.


En esta situación lo encontró un campesino que pasaba por allí con su vaca. Juan se quejaba: “Nunca más volveré a subir a caballo, es muy peligroso y te puedes matar. Qué bueno es, en cambio, tener una vaca: puedes ir poco a poco detrás de ella y, además, te da leche, mantequilla y queso. Qué daría yo por tener una vaca…”. Pues, si te puedo hacer un favor, con mucho gusto te cambio esta vaca por tu caballo”, le propuso el campesino.


Juan aceptó feliz y se felicitó por su buen negocio: siempre que tuviera sed podría ordeñar la vaca y, además, podría hacer queso para comer. Cuando llegó a una fonda, paró para descansar y, en su alegría, se comió toda la comida que se había preparado para el viaje y, además, pidió una cerveza con el último centavo que poseía.


Después prosiguió su camino hacia el pueblo de su madre, pero, como hacía mucho calor, empezó a tener mucha sed. “Esto tiene remedio: ordeñaré a la vaca y podré beber leche”, pensó. Pero como no sabía ordeñar, no solo no consiguió extraer leche sino que, además, la vaca acabó dándole tal coz en la cabeza que Juan quedó tendido en el suelo medio inconsciente.


Así lo encontró un carnicero que pasaba por allí en ese momento con un cerdo que llevaba a matar. Le ofreció agua y le propuso quedarse con la vaca para matarla, pues dijo que era vieja y no daría más leche. A cambio, Juan se quedó con el cerdo, pensando con alegría en el día que lo podría matar para hacer riquísimas salchichas. Estaba pensando en todo lo que iba a comer cuando se encontró con un hombre que llevaba una preciosa oca blanca. Prosiguieron el camino juntos y entablaron conversación.


Hablando, hablando, el hombre de la oca, que no apartaba su vista del cerdo, le preguntó a Juan: “No es este el cerdo que robaron de una granja del pueblo vecino hace unos días? Si te pillan con él, creerán que lo has robado y te meterán en el calabozo”.


Juan, muy asustado y deseoso de llegar por fin a casa de su madre, le suplicó a su compañero de viaje que le cambiase el cerdo por su oca. “Bueno, es arriesgado para mí… Pero no quiero tener la culpa de que te pase algo malo”, accedió el otro. Juan se lo agradeció mil veces y prosiguió su camino, ahora con la oca debajo del brazo, imaginándose la cantidad de ventajas que tenía este negocio para él. Su madre no solo podría prepararle un suculento asado de oca sino que, además, las plumas les servirían para hacerse unas mullidas almohadas.


Juan ya se encontraba en la salida del último pueblo cuando se encontró con un afilador ambulante. ¿Y qué pasó? Al afilador se le antojó la preciosa oca y le preguntó a Juan dónde la había comprado. Él le explicó toda la historia: que la había cambiado por un cerdo, el cerdo por una vaca, la vaca por un caballo, y el caballo por un pedazo de oro, que era su salario por siete años de trabajo.


El afilador felicitó a Juan por los negocios tan ventajosos que a lo largo de su camino había hecho y le convenció de que cambiar la oca por su piedra de afilar sería el más beneficioso de todos. “El oficio de afilador te proporcionará buenos ingresos a lo largo de toda tu vida. En cambio, el beneficio de esta oca, una vez comida, no te durará más que su sabor en tu paladar”. Juan, tras pensarlo unos instantes, exclamó: “¡Qué afortunado soy! Debo de haber nacido bajo una muy buena estrella”. Y aceptó la propuesta del afilador, así que emprendió el último tramo de su camino con la piedra de afilar.


Pero la piedra pesaba mucho, le hacía daño en la espalda y Juan apenas avanzaba. Además tenía sed. Al llegar a un pozo y agacharse para beber, la piedra se le cayó al agua. Entonces, Juan se levantó de un salto y, con lágrimas en los ojos, agradeció al Señor por haberle librado de un lastre tan pesado. “No hay bajo el sol hombre más feliz que yo”, exclamó. Y una vez dicho esto, terminó su viaje ligero, dando saltos de alegría.


Cuento tradicional alemán

“De Juan aprendemos que los bienes materiales no dan la felicidad y que incluso pueden ser un lastre. Recientes estudios sobre la felicidad lo confirman: por encima de un nivel mínimo de bienestar, lo material no aumenta la satisfacción con la vida. Al contrario, anhelar bienes no indispensables puede producir una infelicidad constante.”

27 de febrero de 2009

Fátima, la hilandera


En una ciudad del más lejano Oriente vivía una joven llamada Fátima, la hija preferida de un próspero hilandero. Un día, su padre le dijo:
-Hija, has aprendido el oficio y te has convertido en mi ayudante. Quiero que vengas conmigo a una travesía, pues tengo negocios que hacer en las islas del Mediterráneo. Tal vez encuentres un joven atractivo, de buena posición, al cual podrás tomar por esposo.

Se pusieron en camino y viajaron de isla en isla, el padre haciendo sus negocios y Fátima soñando con el esposo que pronto podría ser suyo. Pero un día, cuando estaban camino de Creta, se levantó una tormenta y el barco naufragó. Fátima, semiconsciente, fue arrojada a una playa cercana a la ciudad de Alejandría. Su padre había muerto, dejándola completamente desamparada.
A partir de entonces, su vida pasada le pareció un tenue recuerdo lejano. Estaba completamente exhausta por la experiencia del naufragio, por tantas horas expuesta a las inclemencias del mar… Mientras vagaba por la arena, una familia de tejedores la encontró y, aunque eran muy pobres, la llevaron a su humilde casa y le enseñaron el oficio. De esta sencilla manera, Fátima inició una segunda vida y, al cabo de uno o dos años, habiéndose reconciliado con su suerte, recobró su felicidad.
Pero una mañana, estando en la playa, una banda de mercaderes de esclavos desembarcó y se la llevó junto con otros cautivos. Pese a lamentarse amargamente de su suerte, la muchacha no encontró ninguna compasión por parte de ellos, quienes la llevaron a Estambul y la vendieron como esclava. Por segunda vez, el mundo se había derrumbado.

Uno de aquellos días, sin embargo, apareció en el mercado un hombre que buscaba esclavos para trabajar en su aserradero, donde fabricaba mástiles para barcos. Cuando el mercader vio el abatimiento de la infortunada Fátima, decidió comprarla, pensando que podría ofrecerle una vida un poco mejor que la que habría de recibir de cualquier otro comprador.
Llevó a Fátima a su hogar con la intención de hacer de ella una sirvienta para su esposa, pero, al llegar a su casa, se enteró de que había perdido todo su dinero, pues su cargamento más importante había sido capturado y robado por unos piratas. Comprendió que ya no podría afrontar los gastos que le ocasionaba tener tantos trabajadores, de modo que él, Fátima y su mujer quedaron solos para llevar a cabo la pesada tarea de fabricar mástiles.
Fátima, agradecida a su empleado por haberla rescatado, trabajó tan duramente y tan bien que tiempo después él le dio la libertad. Gracias a su esmero, ella llegó a ser su ayudante de confianza. Fue así como logró ser relativamente feliz en su tercer oficio.
Un buen día el mercader le dijo:
-Fátima, necesito que vayas a Java con un cargamento de mástiles. Asegúrate de venderlos con provecho.
La muchacha se pues en camino, pero al pasar frente a las costas de China, un tifón hizo naufragar la embarcación y, una vez más, salvó milagrosamente su vida mientras era arrojada a las playas de un país desconocido. Otra vez lloró amargamente, pues sentía que en su vida nada sucedía de acuerdo a sus expectativas. Siempre que las cosas parecían andar bien, algo espantoso ocurría malogrando todas sus esperanzas.
-¿Por qué será –exclamó Fátima por tercera vez- que siempre que intento hacer algo se malogra? ¿Por qué tienen que ocurrirme tantas desgracias?
Pero no hubo respuesta, de manera que se levantó de la arena y caminó tierra adentro.

En China nadie había oído hablar jamás de Fátima, ni existía persona que supiera acerca de sus problemas. Sin embargo, en uno de aquellos reinos existía la leyenda de que un día llegaría allí cierta hermosa mujer extranjera, capaz de enseñar a construir enormes tiendas para sus ejércitos, un arte por entonces muy codiciado.
A fin de estar seguros de que la esperada extranjera no pasara inadvertida si un día pisaba aquel suelo, el rey solía mandar heraldos a todas las ciudades y aldeas, pidiendo que cada mujer extranjera fuera llevada a la Corte. Fue precisamente en una de esas ocasiones cuando Fátima, agotada, llegó a una ciudad costera de China. La gente del lugar habló con ella por medio de un intérprete, explicándole que tendría que presentarse ante el rey.
-Señora –dijo el rey cuando Fátima fue llevada al castillo-, ¿sabéis fabricar una tienda capaz de resistir los embates de las campañas de mis ejércitos?
-Creo que sí –respondió Fátima.
Muy pronto, habiendo comprobado la mala calidad de las sogas que poseían, recurrió a los conocimientos de sus tiempos de hilandera, recogió lino y fabricó las cuerdas. Luego pidió una tela fuerte, y también la juzgó inadecuada para el uso. Entonces, utilizando su experiencia con los tejedores de Alejandría, fabricó una tela resistente para hacer tiendas. Más tarde, como había sido enseñada por el fabricante de mástiles, de Estambul, hábilmente confeccionó unos sólidos parantes. Al quedar estos listos, se devanó los sesos recordando todas las tiendas que había visto en sus viajes, y he aquí que la tienda fue construida.
Cuando esta maravilla fue mostrada al rey, él le ofreció dar cabal cumplimiento a cualquier deseo que ella expresara. Fátima eligió entonces establecerse en China, donde se casó con un atractivo príncipe y rodeada por sus hijos vivió hasta el final de sus días.
Fue a través de estas aventuras como Fátima comprendió que aquello que le había parecido, en su momento, una experiencia desagradable, resultó ser parte esencial en la elaboración de su felicidad final.

Extraído del libro Todo (no) terminó, de Silvia Salinas.

“Este cuento nos habla de la esperanza y muestra la posibilidad de un final feliz si sabemos aceptar las dificultades. Muchas veces ese final no llega y creemos que es por lo que nos ha tocado vivir. Pero no suele ser por eso sino porque quedamos estancados en la pelea con lo que nos ha sucedido. Si logramos confiar, seguiremos en el camino y descubriremos que la felicidad final está hecha, sin excepción, de todas las enseñanzas que hemos ido recolectando.”

25 de enero de 2009

El río de la vida


El río nacía en los picos de una formidable montaña y saltaba, embravecido, soltando brillantes gotitas que relucían al sol. Nada detenía su paso. Cuando un obstáculo se interponía en su camino, lo saltaba, lo atravesaba o lo bordeaba. Era valiente, osado, generoso y flexible.
Un día llegó a las cálidas arenas de un desierto y se lanzó a atravesarlo. Pero pronto se dio cuenta de que sus aguas desaparecerían en la arena, y se asustó. Aunque fue considerando las más diversas alternativas, no encontraba ninguna solución. Inmerso en sus dudas, oyó una voz que le decía:
- El viento cruza el desierto y también lo puede hacer el río.
- El viento puede volar y yo no- respondió.
- Si te lanzas con violencia, como has hecho hasta ahora, no conseguirás cruzar el desierto –dijo la voz-. Debes dejar que el viento te lleve a tu destino.
- Pero, ¿cómo me va a llevar?
- Debes consentir ser absorbido por el viento –afirmó la misteriosa voz.

Esta idea no era aceptable para el río. No quería perder su identidad y era demasiado arriesgado ponerse en manos de un viento desconocido.
- ¿Y si, cuando haya perdido mi forma, no puedo recuperarla de nuevo? – se angustió.
- El viento cumple su función –respondió la voz-. Eleva el agua, la transporta a su destino y la deja caer en forma de lluvia. Entonces, el agua vuelve a ser río.
- Pero, ¿no podría seguir siendo siempre el mismo que soy ahora?
- En ningún caso puedes permanecer igual. Tu esencia debe ser transportada para formar un nuevo río.

El río desconfiaba de la voz; podía perderlo todo si le hacía caso. Pero una vocecita interior le decía que fuera valiente y asumiera el riesgo. Entonces, en un formidable acto de confianza, elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que los trasladó hasta la cima de una montaña lejana, donde los dejó caer. A medida que las gotas de agua caían y se volvían a reunir formando un riachuelo, algo parecido a la felicidad embargó al río. Y, de repente, lo comprendió todo:
- Mi esencia es el agua, sea en el estado que sea. Al transformarme, he podido continuar siendo yo mismo. De no haberlo hecho, me hubiera perdido.

Aplícate el cuento: relatos de ecología emocional, de Mercé Conangla y Jaume Soler.

“Este cuento plantea la importancia de ser flexible, pues no hay una sola respuesta a los retos de la vida. Es la confianza lo que nos da el valor que nos permite fluir y aprender.”