6 de junio de 2011

Tu mirada




Empezamos a conocernos siendo adolescentes. Hablábamos poco entre nosotros, aunque no hacía falta, porque nuestros ojos decían mucho. Podía intuir –a veces con cierta dificultad-, lo que escondía tu mirada, lo que pensabas sobre mí, pero hoy, después de tantos años y estando casado, tu mirada no ha cambiado, aunque desconozco si seguirás pensando lo mismo que antes.

27 de mayo de 2011

Mi compañero de costura



Siempre está ahí. Bueno… casi siempre, cuando estoy con mis padres sí, pero cuando no, le echo bastante en falta. Se ha convertido en mi compañero de costura desde que tenía cuarenta días -que comenzamos a tenerlo en casa-, y a sus siete años sigue igual.

Tengo mucho cuidado con que no ponga cualquier pata delantera cerca de la patilla prénsatelas, para que no le pinche la aguja, pero le encanta ver cómo se mueven los carretes de hilo una vez que se encuentran en la máquina de coser o remalladora. Y eso que es bastante nervioso. Muchas veces le tengo que llamar la atención, aunque en el fondo me ría por las trastadas que hace.

12 de abril de 2011

El principal motivo por el que aparezo tarde aquí...

… se debe a la foto que encontráis acompañando a esta entrada. El pasado fin de semana, presenté -junto a los compañeros que estudiamos Diseño, Patronaje, Corte y Confección- trajes de flamenca. Expuse dos trajes: el ocre y azul y el de lunares blancos sobre fondo negro. Ha sido una experiencia muy gratificante e inolvidable, acompañada de demasiados nervios –propios de la elaboración de los trajes y backstage-, y emoción interior.

2 de enero de 2011

Concierto de Año Nuevo 2011

Lo primero de todo desearos Feliz 2011 en el que se haga realidad todo aquello que hayáis pedido.

Lo segundo: como todo comienzo de año, no me pierdo el tradicional Concierto de Año Nuevo, celebrado en Viena, bajo la batuta de Franz Welser-Möst, así como el programa y una de las noticias publicadas en este medio.






25 de diciembre de 2010

Feliz Navidad





Porque tú mis riñones has formado,

me has tejido en el vientre de mi madre;

yo te doy gracias por tantas maravillas:


prodigio soy, prodigios son tus obras.


Mi alma conocías cabalmente,


y mis huesos no se te ocultaban,


cuando era yo formado en lo secreto,


tejido en las honduras de la tierra.


Mi embrión tus ojos lo veían;


en tu libro están inscritos


todos los días que han sido señalados,


sin que aún exista uno solo de ellos.

Texto: Salmo 139, 12-16

Fotografía : tejedora

8 de agosto de 2010

Aquella imagen...


Cuando estoy tan cansada –a pesar de tener un buen o mal día- de hacer tantas cosas y saber o no si tendré vacaciones (aunque sean pocos días), me vino bien ver esta imagen.
Es lo que me ocurrió hace pocas noches. Unos amigos me llamaron para salir a cenar y, después estuvimos en la terraza de un hotel tomando una copa. El ambiente era muy tranquilo y si encima veía lo que tenía frente a mis ojos…

No es de buena calidad la fotografía, pues la hice con el teléfono móvil, pero ahí os la muestro.

8 de mayo de 2010

Una herencia envenenada


Cuando nos casamos me prometió amor y lujo. Así me lo dijo: “Amor y lujo”. Y probablemente me dio mucho amor, pero David no estaba en condiciones ni siquiera de acercarse al lujo. En realidad, nuestra casa era un pequeño piso de alquiler en los confines de Brooklyn. David sí había crecido en el lujo, pero la familia americana de David no supo calcular a tiempo el desastre financiero que significó la caída de la Bolsa de 1929. Allí se acabó todo. Y David se encontró con una novedad en su vida: por primera vez tuvo que pensar en trabajar. Y, quizá por primera vez, experimentó la extraña sensación del cansancio. Lo dicho: mucho amor, pero poco lujo.
Un conocido de la familia, el señor Salomon, se encontró con David en la sinagoga central de Park Avenue y allí le ofreció un empleo de representante de diamantes, esa piedra lujosa que sólo te hace sentir mejor cuando sabes que es tuya. Así que David me amaba con sus dedos que olían a diamantes ajenos. Ése era el único lujo material. Para mí, el lujo eran los amaneceres que llegaban del mar, la música italiana que cantaba la vecina del bajo cuando salía a tender la ropa y el aroma de las cocinas de los viernes, cuando todo el barrio se disponía a hacer los platos que habían aprendido a guisar en aquella lejana Europa que no veríamos nunca más.

Pero, si bien no podíamos ir a Europa, lo cierto es que Europa llamó a la puerta. Era una carta certificada de un notario del centro. Informaban a David de que el tío Simon, el rico comerciante alemán, había muerto sin descendencia y le había nombrado heredero universal. David fue a buscar una fotografía del tío Simon. Ahí estaba, junto a la que había sido su madre. Enmarcó la fotografía y la puso en la mesita de noche. El tío Simon y mamá estaban sentados bajo un velador de un enorme jardín y al fonde se divisaba una gran mansión bajo el cielo veraniego de Berlín. David volvía a intuir lo que era el lujo. El notario les dio los planos de las propiedades del tío Simon, las llaves de la casa mansión y un buen fajo de dinero, al que se sumaría una considerable fortuna cuando se pusieran en contacto con el albacea alemán. Al salir del notario, David fue a ver al señor Salomon para hacer dos cosas. La primera, despedirse de su empleo. La segunda, comprarle a Salomon un diamante de los de verdad. Aquella noche sentí sobre la piel de mi cuerpo el tacto cálido de la fortuna. Al día siguiente subimos a un avión que cruzaba el Atlántico. Cenamos a bordo y llegamos a Londres. Yo estaba completamente mareada. Ya en el hotel, David avisó a un médico y éste certificó que estaba embarazada y que no eran convenientes más viajes ni más emociones hasta el nacimiento del bebé.

David estaba contentísimo. Alquiló una casa en Hampstead y contrató a dos sirvientas. “Lo de la herencia del tío Simon irá para largo. Quédate en Londres y cuando nazca el niño te vendré a buscar para instalarnos definitivamente en Berlín”. Le vi marchar bajo la lluvia inglesa dispuesto a hacerse el dueño del imperio comercial de Berlín. Pasaron los meses. Al principio recibía cartas de David. Luego nada. En la última carta me mandaba una fotografía. Se le veía más flaco y envejecido. Llevaba el traje de tweed que se había comprado en Regent Street antes de partir y en el bolsillo superior alguien le había cosido a David una estrella de David.

Nació el niño y creció entre bombardeos y largas esperas cerca de la ventana aguardando que algún día su padre llegara para conocerle. Tras la guerra, me puse en contacto con el albacea alemán. Me dijo que mi marido, David Goldstein, a poco de hacerse cargo de la herencia de su tío Simon, había sido detenido por las autoridades del Reich. Las propiedades habían sido incautadas y David desapareció a bordo de un tren con destino al Este, probablemente a un lugar de Polonia llamado Auschwitz.
Fue así como me quedé sin lujo. Y también sin amor.


Texto: Joan Barril

Fotografía: Corbis