
Empezamos a conocernos siendo adolescentes. Hablábamos poco entre nosotros, aunque no hacía falta, porque nuestros ojos decían mucho. Podía intuir –a veces con cierta dificultad-, lo que escondía tu mirada, lo que pensabas sobre mí, pero hoy, después de tantos años y estando casado, tu mirada no ha cambiado, aunque desconozco si seguirás pensando lo mismo que antes.



