2 de mayo de 2012

¿Qué es el lujo?




 Del latín “Luxus” que significa luz, profusión, esplendor y suntuosidad. Cuando Francisco José me pidió un artículo sobre el lujo, me alegré por dos razones: la primera es que creo firmemente en esta revista y la segunda es la satisfacción de poder establecer contacto con vosotros queridos seguidores. Pues sí, porque tenemos algo en común y ese algo es el amor por la belleza, lo selecto, reservado, exquisito y único. El amor al lujo.

¿Pero qué es el lujo? Los primeros rastros que tenemos del lujo aparecen en el Egipto Antiguo, en el 3150 antes de Jesucristo, cuando Egipto se unificó… El lujo nace de las tradiciones y de las formas de vivir de los Altos Rangos de cada una de las grandes culturas de nuestra historia. Se expresa en todos los ámbitos donde el placer importa. Es elitista y excepcional, representa una etiqueta de calidad. Como práctica cotidiana es sensible, revelador de belleza y portador de exclusividad. Por extensión es todo elemento y práctica que permite llegar a un cierto nivel de vida que no sea común.

En el siglo XVIII el lujo es el centro de debates filosóficos, religiosos, económicos y morales. Algunos como Voltaire consideran el lujo como un verdadero motor económico, “Lo superfluo, cosa muy necesaria”, y otros como Diderot ven el lujo como un obstáculo a la virtud, “El lujo arruina al rico y acrecienta la miseria de los pobres”. El lujo tiene que ver con sueños y deseos, no con necesidad.

¿Y en el día de hoy? ¿Qué relación hay entre el lujo y nosotros que  vivimos en una época de incertidumbre y de crisis? Pues sencillamente la respuesta es obvia: la misma relación que hemos tenido siempre. El lujo no entiende de crisis. Lo que era lujo antes es lujo ahora. Teniendo en cuenta que nuestro lujo propio es personal, se vive egoístamente consigo mismo. De un nivel adquisitivo u otro pero siempre exquisito, aunque el valor de la imagen ocupa cada vez más espacio y tiempo en los medios de comunicación. La globalización ha recortado nuestro planeta en fases diferenciales entre comarcas, regiones, países… La evolución del sentido del lujo está diferenciada. Cada cual quiere tener lo mejor, por la simple razón que el poseer lo mejor supone estar en los niveles más altos de la sociedad.

¿Pero por qué? ¿Sólo la manera de ser y de vivir está cada vez más influenciada por la publicidad? No, creo que no.

El lujo es un mundo singular, destinado a una clientela específica y responde a códigos que le son propios.

Con una imagen toda la información de calidad debe de pasar al consumidor que se identifica con un producto. Una imagen vale más que mil palabras. Un reciente estudio indica que los consumidores no siempre captan el mensaje tal y como se pretende transmitir. Esto nos da pistas sobre el hecho de que todos tenemos niveles diferentes de la definición del lujo. Un asiático y un occidental poco tenemos en común.

La mirada es el agente ejecutante del significado. La representación de su realidad. Mirar no es absorber pasivamente, se trata de digerir una información y adaptarla a nuestros valores propios que están determinados por la cultura del momento. Además, hoy en día los medios de comunicación son rápidos, viven la urgencia. Internet impone que la imagen sea captada de manera instantánea con una intensidad fenomenal. Al contrario el lujo es calidad y meticulosidad, necesita tiempo. Tiempo de elaboración, tiempo de comprensión y aún más tiempo de apreciación.

Aquí me permito proponeros una diferencia ente el “luxe de niche” y el “luxe de ruche”. Regularmente los grandes del lujo llegan al campo de las finanzas después del campo creativo. El objeto-lujo de “ruche” es mercantil, dictador de estatus social y susceptible de plagio en el mercado paralelo. Por supuesto en este caso con una calidad mediocre y detestable. Baja progresivamente a la calle cosechando una clientela fiel. Este lujo se nutre del consumo excepcional de la gente ordinaria. El objeto-lujo de “niche” por su cuenta es más cercano de la obra de arte por su búsqueda de la perfección y originalidad. No es repetible, cuenta una historia única, tiene una tradición artesanal. Nace, crece y se establece para ser reconocible sin ningún logotipo y únicamente por los conocedores. Es la “crème de la crème”.

Casas como Hermès o Louis Vuitton tienen una larga tradición de colaboración con artistas, arquitectos y estilistas en la producción de series especiales en ediciones limitadas. Estos productos se venden discretamente o en círculos de iniciados, nunca se anuncian en los medios publicitarios. Se establece en estas colaboraciones un cruce de arte y moda. Forman parte del patrimonio de estas Casas y están hechos para perpetuar un legado de la marca de generación a generación. Grandes firmas que reivindican un patrimonio que habla el lenguaje universal de la elegancia.

Estamos en una época de creatividad individualista, actualmente el lujo consiste en crear series de edición limitada y servicios personalizados. Pero la idea que nos une a todos en la concepción del lujo es el tiempo. Todos entendemos que es un dato importante en la creación y que sólo un puñado de individuos pasan las horas necesarias para esta creación del objeto-lujo. Es el esfuerzo y tiempo que estos individuos están dispuestos a dedicar, lo que da el valor al objeto. Aunque el precio será siempre algo discutible, es valorado gracias a cinco factores: la calidad de los materiales, la finura de la ejecución, la rareza, las altas características y la estética del objeto. Por eso mismo un objeto muy caro no debe estar necesariamente recubierto de piedras preciosas. ¡Es sencillamente único y raro! ¡Deseado por muchos y poseído por pocos! Un amor a primera vista pero enriquecido con el conocimiento del consumidor. 


Esperanza Arcos
Socióloga especializada en lujo e imagen de marca 
Publicado en la revista "Pasarela de Asfalto" 

15 de marzo de 2012

Trabajos...

Renoir.- Mujer cosiendo



No entiendo por qué hay personas que, siendo propietarios de sus empresas, se aprovechan de sus empleados llegando inclusive a explotarlos, laboralmente me refiero. Y por desgracia ahí siguen.





He estado contenta en varios trabajos que me han surgido a lo largo de mi vida, excepto en dos. Les relato el último:


Se trataba de un puesto de trabajo de costurera, lo cual no estaba bien pagado, pero me venía bien el sueldo para algunos gastos futuros. La entrevista con la dueña del taller estuvo muy bien, acepté las condiciones, y en tres días comenzaba a coser junto a una costurera más, de avanzada edad y por qué no, más experiencia que yo, que trabajaba para ella desde hace poco. Los problemas comenzaron el primer día de trabajo porque lo que se me dijo en la entrevista era bien diferente a la realidad. Los encargos de trajes (de flamenca), habían aumentado y en poco más de un mes debían ser entregados. Había bastante presión por parte de la dueña hacia mí porque me gusta ser curiosa en los trabajos que realizo y esmerarme por tanto en ellos. De esto me tenía que olvidar, pues quería un trabajo realizado con fullería, y como no va conmigo debía de hacerlo. Por otro lado, el material de trabajo no estaba cuidado, como por ejemplo tijeras sin afilar –con lo cual me las traía de casa-, y máquinas de coser y remalladoras que pedían a gritos una reparación. Si a mí me daba fallos la máquina de coser que se me asignó, tenía que hacer uso de la máquina de coser de la compañera, y si a esta le estaba haciendo falta en ese momento, no soy nadie para decirle “Quítate tú que me pongo yo”. Parece que la dueña no era consciente de que si ese material fallaba, el trabajo no está listo para cuando ella prevé, y eso, es un problema ajeno a mí.
Aparte de todo esto me trataba sin educación y con desprecio –sorprendentemente con la otra costurera le tenía trato de favor-, cuando desde el principio fui correcta y educada con ella.
Ocurrió algo con la llave del piso donde trabajaba, pues me dijo que tenía que entrar una hora antes que ella y me haría una copia. Me hizo venir a la misma hora que ella finalmente, y hasta un día dudó que viniese antes y me entregó las llaves, pero se arrepintió e hizo que se las devolviese.
El último día de trabajo –porque esa misma noche me llamó al teléfono para echarme- me asignó una serie de tareas, y se las hice. Aún me quedaba una hora para terminar y llegó corriendo para que me marchase pues tenía que hacer algunas cosas fuera. Me extrañó y le pedí educadamente que me dejara la copia de la llave para terminar de trabajar y al día siguiente se la devolvería. Respondió que si me la daba se quedaba sin llave, lo cual lo interpreté como no te lo doy porque no me da la gana y te voy a echar de este trabajo. Y como escribí antes, por la noche, al ver su nombre en la pantalla del móvil ya se confirmó lo que sospechaba. ¿El principal motivo? No le tuve montado un traje en cinco horas, cuando ni siquiera me dijo que lo hiciese. El resto de la conversación transcurrió llena de falsedad sumado a unas palmadas en la espalda, porque estaba dispuesta a escribir buenas referencias hacia mí a la escuela donde estudio Diseño de Moda. Le dije que no hacía falta esas referencias porque el director y profesorado conocen bien cómo coso. Por último le dije cuándo le venía bien que me llegase a cobrar, porque descaradamente no mencionó esto (pensaría que me echaría sin pagarme), así que me dijo que fuese hoy.



Cuando colgué la llamada lloré. ¿Por qué se siente satisfecha actuando de esa manera y no valora mi trabajo? He trabajado anteriormente en otro taller de costura y había presión, aunque no tan extrema. Inclusive los encargos estaban listos con bastante antelación para las clientas y bien acabados.
Al día siguiente, mis profesoras dijeron que ese trabajo era bastante aplastante. Ellas, a pesar de su dilatada experiencia, tampoco tendrían tiempo de confeccionar un traje en cinco horas.
Me reconfortan las palabras de las personas para las que he trabajado, cuando les gustan bien terminado lo que me encargan. También me gusta dejar en buen lugar a mi primera profesora de costura que tuve hace diez años y a la que tengo ahora en la escuela, así como a la empresa en sí, porque realmente lo merecen.



Definitivamente, y dado en los malos tiempos en los que nos encontramos, me alegra haberme quedado sin este trabajo. Ya llegará otro con el que pueda hacerme cargo de esos gastos futuros.

27 de diciembre de 2011

En estas fechas...






Todos mis mejores deseos para que paséis una Feliz Navidad y Próspero 2012

18 de diciembre de 2011

Sin respuesta



Llevo un tiempo preguntándome por qué lloro, por qué esta tristeza. Y es difícil dar con el motivo.

7 de noviembre de 2011

La prueba del nueve





Hay frases que no se comprenden en su momento, pero que, tiempo después, incluso años más tarde, cobran todo su sentido. Para mí, una de ellas es esta: `Cuando uno tiene que tomar una decisión trascendental para su futuro, es conveniente hacerse esta pregunta: `¿Puedo sostener toda mi vida esta decisión que ahora tomo? ¿Sí o no?´´. Aunque parezca excesivo decirlo, en muchos casos esta frase es la prueba del nueve de la felicidad o al menos de la serenidad, que es un estado de ánimo menos evanescente y caprichoso que el de la tan cacareada felicidad. La frase me la reveló un festejante griego que tuve allá por el Paleolítico inferior y no le di importancia en su momento porque Dimitri, pongamos que se llamara así, no era precisamente el faro de Alejandría ni había descubierto la pólvora. De hecho, era simple y un pelín cursi si me apuran. Pero, como dice mi madre, lo fascinante de esta vida es que hasta un reloj parado da la hora exacta dos veces al día, de modo que hay que estar atento, porque nunca se sabe cuándo ni de quién uno va a recibir un interesante retazo de sabiduría. En efecto, con el tiempo he olvidado incluso la cara de Dimitri, pero, en cambio, recuerdo con frecuencia su curiosa sentencia. Voy a ponerles un ejemplo práctico. Imaginemos que uno debe tomar una decisión de esas que pueden variar el curso de su vida, un cambio de estado civil, por ejemplo, decidir si jubilarse o no, montar un negocio, confiar en alguien o en algo. Por lo general, este tipo de decisiones se toman siguiendo los impulsos del corazón o los de la cabeza. Del corazón si se trata de asuntos sentimentales o relacionados con parientes o amigos, y de la cabeza si son laborales. A veces, las personas con experiencia o los jóvenes especialmente inteligentes combinan cabeza y corazón tanto en temas sentimentales como en laborales, lo que hace que sus decisiones sean más acertadas. Sin embargo, son muy pocos los que a la hora de tomar una determinación se preguntan si más allá de su conveniencia (que es lo que se controla con la cabeza) o de sus anhelos (que es lo que se controla con los sentimientos) se trata de una decisión con la que puedan convivir de ahí en adelante. Supongamos que se trata de una cuestión sentimental. Apostar a fondo por una persona de la que uno está muy enamorado o, por el contrario, divorciarse de alguien de quien uno ha dejado de estarlo. ¿No ocurre muchas veces que, a pesar de que la cabeza o el corazón indican una cosa, uno tiene la sensación de que hay `algo´ que porfía y nos recomienda no hacerles caso a ninguno de los dos? Por eso, en ocasiones nos sorprendemos actuando de forma extraña. Como, por ejemplo, cuando uno, a pesar de querer muchísimo a una persona, decide no seguir adelante con ella. O todo lo contrario, cuando elige continuar en un matrimonio que, al menos en apariencia, ya está muerto. La gente llama a esto `cobardía´, pero yo creo que juzgar en casos así no es solo injusto, sino frívolo. ¿Es cobardía renunciar a lo que parece el amor de nuestra vida o hacerlo tiene que ver con una forma de sabiduría inconsciente que indica que los amores imposibles dejan de ser amores, precisamente, cuando se hacen posibles? No, no es fácil ni justo juzgar a los demás, porque solo uno sabe con qué decisión sentimental puede convivir y con cuál no. Y lo mismo ocurre con otras muchas, como la de seguir en un trabajo aburridísimo y rutinario. O, por el contrario, con la de montar un negocio que, a priori, parece apasionante y lleno de posibilidades económicas. Unos llaman a esto `intuición´; yo, más prosaicamente, lo llamo `estómago´. Y es que esta víscera que, desde luego, tiene mucho menos glamour que el corazón y mucho menos predicamento que el cerebro es al final la que decide a veces por nosotros sin que lo sepamos. La única que, de verdad, sabe con qué decisión puede uno convivir y con la que no, por muy interesante, romántica o ventajosa económicamente hablando que sea. Y es que, en realidad, el estómago es la prueba del nueve. O, dicho de modo mucho menos fino, es el único que sabe qué somos capaces de digerir y qué no.






Autora: Carmen Posadas

25 de junio de 2011

Palabras




Es curioso cómo uno está convencido de que se explica pero resulta que nadie le entiende… No sé si me explico… O cómo uno cree que el silencio le exime cuando su vacío verbal impacta en los presentes con mordacidad. Cómo una palabra pretendidamente amable dicha desde el rencor se percibe todavía con más violencia que un insulto rabioso. Somos millones de seres humanos, cada uno con sus cosas, creyendo compartir un mismo idioma. Pero no. Cada ser humano tiene un idioma diferente. Y las palabras a menudo ensucian la comunicación. ¿Cuántas cosas decimos en el peor momento? ¿Y cuántas de ellas a la persona menos adecuada? ¿Cuántas omitimos cuando es necesario pronunciarlas? ¿Cuántas capas esconden nuestras palabras? ¿Cuántas veces sale nuestra voz con honestidad? ¿Cuántos “te quiero” hemos oído que no sonaban a nada? ¿Cuántos “te odio” nos llegan como un “te quiero”? ¿Cuántos “te conozco bien” hemos escuchado del que vemos como a un desconocido? ¿Cuántas crisis hemos provocado con apenas dos frases? Hablas con cariño y el otro percibe desprecio, hablas con desprecio y el otro no se da por aludido (y mira que tú lo has intentado). No hablas y el otro descifra tu silencio de forma errónea. Hablas y para los demás es como si no dijeras nada. Callas cuando lo crees correcto y resulta que tenías que haber dicho eso que no sabes que tenías que decir. Hablas pero, claramente. Lo más inteligente sería haberte callado. Pronuncias un “te amo” cuando el otro necesita aire y espacio, un “mejor lo dejamos” cuando reclaman tu apoyo más que nunca. Un “ya te llamo yo” que se interpreta como un “no me llames tú”. Un “¿qué piensas?” cuando el otro por fin había conseguido dejar de pensar. No preguntas por no sacar ese tema delicado que el otro está deseando que saques. Un “estoy reunida, ahora no puedo hablar” cuando el otro está a punto de arrojarse por el balcón. Un “no te preocupes por nada” cuando el otro no estaba hasta el momento preocupado. Un “estoy aquí para lo que necesites” cuando el otro lo que necesita es que no estés ahí. No llamas por respeto y se recibe como indiferencia. Un “tengamos un hijo” cuando se disponen a dejarte. Un “te necesito” al inmaduro. Un “hoy quiero estar sola” al inseguro. Un “esto sabe raro” al hipocondríaco. Un “te invito a una caña” que suena a “cásate conmigo”. Un “nada puede ir peor” cuando a tus espaldas se desata un tsunami. Palabras; palabras fuera de lugar, palabras que esquilan, palabras que naufragan, palabras lisiadas, palabras lanzadas con cerbatana, palabras que lo cambian todo o que no cambian nada. Palabras disfrazadas de otras palabras. Vamos a tener que afinar nuestra intuición y entonar nuestros silencios. Vamos a tener que aprender a descifrar a los demás más allá de sus gargantas, sus lenguas y sus cuerdas vocales. Vamos a tener que hacernos un poco más listos para sobrevivir en esta Torre de Babel, a la que cada vez le crecen más pisos. Esto es todo lo que tenía que decir… Ahora, a saber lo que habéis entendido.



Texto: Bárbara Alpuente

6 de junio de 2011

Tu mirada




Empezamos a conocernos siendo adolescentes. Hablábamos poco entre nosotros, aunque no hacía falta, porque nuestros ojos decían mucho. Podía intuir –a veces con cierta dificultad-, lo que escondía tu mirada, lo que pensabas sobre mí, pero hoy, después de tantos años y estando casado, tu mirada no ha cambiado, aunque desconozco si seguirás pensando lo mismo que antes.

27 de mayo de 2011

Mi compañero de costura



Siempre está ahí. Bueno… casi siempre, cuando estoy con mis padres sí, pero cuando no, le echo bastante en falta. Se ha convertido en mi compañero de costura desde que tenía cuarenta días -que comenzamos a tenerlo en casa-, y a sus siete años sigue igual.

Tengo mucho cuidado con que no ponga cualquier pata delantera cerca de la patilla prénsatelas, para que no le pinche la aguja, pero le encanta ver cómo se mueven los carretes de hilo una vez que se encuentran en la máquina de coser o remalladora. Y eso que es bastante nervioso. Muchas veces le tengo que llamar la atención, aunque en el fondo me ría por las trastadas que hace.

12 de abril de 2011

El principal motivo por el que aparezo tarde aquí...

… se debe a la foto que encontráis acompañando a esta entrada. El pasado fin de semana, presenté -junto a los compañeros que estudiamos Diseño, Patronaje, Corte y Confección- trajes de flamenca. Expuse dos trajes: el ocre y azul y el de lunares blancos sobre fondo negro. Ha sido una experiencia muy gratificante e inolvidable, acompañada de demasiados nervios –propios de la elaboración de los trajes y backstage-, y emoción interior.

2 de enero de 2011

Concierto de Año Nuevo 2011

Lo primero de todo desearos Feliz 2011 en el que se haga realidad todo aquello que hayáis pedido.

Lo segundo: como todo comienzo de año, no me pierdo el tradicional Concierto de Año Nuevo, celebrado en Viena, bajo la batuta de Franz Welser-Möst, así como el programa y una de las noticias publicadas en este medio.






25 de diciembre de 2010

Feliz Navidad





Porque tú mis riñones has formado,

me has tejido en el vientre de mi madre;

yo te doy gracias por tantas maravillas:


prodigio soy, prodigios son tus obras.


Mi alma conocías cabalmente,


y mis huesos no se te ocultaban,


cuando era yo formado en lo secreto,


tejido en las honduras de la tierra.


Mi embrión tus ojos lo veían;


en tu libro están inscritos


todos los días que han sido señalados,


sin que aún exista uno solo de ellos.

Texto: Salmo 139, 12-16

Fotografía : tejedora

8 de agosto de 2010

Aquella imagen...


Cuando estoy tan cansada –a pesar de tener un buen o mal día- de hacer tantas cosas y saber o no si tendré vacaciones (aunque sean pocos días), me vino bien ver esta imagen.
Es lo que me ocurrió hace pocas noches. Unos amigos me llamaron para salir a cenar y, después estuvimos en la terraza de un hotel tomando una copa. El ambiente era muy tranquilo y si encima veía lo que tenía frente a mis ojos…

No es de buena calidad la fotografía, pues la hice con el teléfono móvil, pero ahí os la muestro.

8 de mayo de 2010

Una herencia envenenada


Cuando nos casamos me prometió amor y lujo. Así me lo dijo: “Amor y lujo”. Y probablemente me dio mucho amor, pero David no estaba en condiciones ni siquiera de acercarse al lujo. En realidad, nuestra casa era un pequeño piso de alquiler en los confines de Brooklyn. David sí había crecido en el lujo, pero la familia americana de David no supo calcular a tiempo el desastre financiero que significó la caída de la Bolsa de 1929. Allí se acabó todo. Y David se encontró con una novedad en su vida: por primera vez tuvo que pensar en trabajar. Y, quizá por primera vez, experimentó la extraña sensación del cansancio. Lo dicho: mucho amor, pero poco lujo.
Un conocido de la familia, el señor Salomon, se encontró con David en la sinagoga central de Park Avenue y allí le ofreció un empleo de representante de diamantes, esa piedra lujosa que sólo te hace sentir mejor cuando sabes que es tuya. Así que David me amaba con sus dedos que olían a diamantes ajenos. Ése era el único lujo material. Para mí, el lujo eran los amaneceres que llegaban del mar, la música italiana que cantaba la vecina del bajo cuando salía a tender la ropa y el aroma de las cocinas de los viernes, cuando todo el barrio se disponía a hacer los platos que habían aprendido a guisar en aquella lejana Europa que no veríamos nunca más.

Pero, si bien no podíamos ir a Europa, lo cierto es que Europa llamó a la puerta. Era una carta certificada de un notario del centro. Informaban a David de que el tío Simon, el rico comerciante alemán, había muerto sin descendencia y le había nombrado heredero universal. David fue a buscar una fotografía del tío Simon. Ahí estaba, junto a la que había sido su madre. Enmarcó la fotografía y la puso en la mesita de noche. El tío Simon y mamá estaban sentados bajo un velador de un enorme jardín y al fonde se divisaba una gran mansión bajo el cielo veraniego de Berlín. David volvía a intuir lo que era el lujo. El notario les dio los planos de las propiedades del tío Simon, las llaves de la casa mansión y un buen fajo de dinero, al que se sumaría una considerable fortuna cuando se pusieran en contacto con el albacea alemán. Al salir del notario, David fue a ver al señor Salomon para hacer dos cosas. La primera, despedirse de su empleo. La segunda, comprarle a Salomon un diamante de los de verdad. Aquella noche sentí sobre la piel de mi cuerpo el tacto cálido de la fortuna. Al día siguiente subimos a un avión que cruzaba el Atlántico. Cenamos a bordo y llegamos a Londres. Yo estaba completamente mareada. Ya en el hotel, David avisó a un médico y éste certificó que estaba embarazada y que no eran convenientes más viajes ni más emociones hasta el nacimiento del bebé.

David estaba contentísimo. Alquiló una casa en Hampstead y contrató a dos sirvientas. “Lo de la herencia del tío Simon irá para largo. Quédate en Londres y cuando nazca el niño te vendré a buscar para instalarnos definitivamente en Berlín”. Le vi marchar bajo la lluvia inglesa dispuesto a hacerse el dueño del imperio comercial de Berlín. Pasaron los meses. Al principio recibía cartas de David. Luego nada. En la última carta me mandaba una fotografía. Se le veía más flaco y envejecido. Llevaba el traje de tweed que se había comprado en Regent Street antes de partir y en el bolsillo superior alguien le había cosido a David una estrella de David.

Nació el niño y creció entre bombardeos y largas esperas cerca de la ventana aguardando que algún día su padre llegara para conocerle. Tras la guerra, me puse en contacto con el albacea alemán. Me dijo que mi marido, David Goldstein, a poco de hacerse cargo de la herencia de su tío Simon, había sido detenido por las autoridades del Reich. Las propiedades habían sido incautadas y David desapareció a bordo de un tren con destino al Este, probablemente a un lugar de Polonia llamado Auschwitz.
Fue así como me quedé sin lujo. Y también sin amor.


Texto: Joan Barril

Fotografía: Corbis

25 de abril de 2010

De madrugada


Suelo acostarme todas las noches con el teléfono móvil encendido sobre la mesita de noche, pues mis padres al residir fuera de la ciudad, tienen sus achaques de salud y, Dios no quiera, pero por si acaso tenga que salir corriendo hacia donde ellos se encuentren.

Hace dos semanas, estando dormida, me llamaron al teléfono sobre las tres de la mañana. Me dio un salto el corazón, porque lo primero que pienso es en mis padres, miro la pantalla y pone “Desconocido”, y pensaba que se trataría de una broma. Al descolgar, me cuelga quien hubiere sido. Desde entonces, no paraba de dar vueltas en la cama, y no tuve más remedio que levantarme porque no conciliaba el sueño.

Y anoche volvió a repetirse, pero esta vez era en el timbre de abajo. No paraba de llamar en reiteradas ocasiones, mire el reloj y era las seis menos cuarto. Pensaba que como es feria, seguramente se trataría de alguien ebrio. Me levanté de mal humor de la cama y respondí al telefonillo:
-¿Quién es?
-¿Está Carlos?- respondió una voz masculina.
-No. Aquí no vive nadie que se llame así.
-¿Pero es el piso tal?
-Sí, pero vuelvo a repetirle que aquí no hay nadie que se llame Carlos.
-¿Puede abrirme?
-No. Porque no son horas y porque me acaba de despertar.
No respondió y colgué el telefonillo. Tampoco noté en su voz los efectos del alcohol.
Regresé a la cama y no podía dormir. Me levanté nuevamente para ir a la cocina, y prepararme una infusión tranquilizante que compré no hace mucho en la farmacia. Volví a la cama, la gente cantaban sevillanas por la calle, comenzaba a amanecer... hasta que me levanté por tercera vez.

Estoy por aquí haciendo cosas, pues siempre tengo algo que hacer y esperaré a esta noche, a ver si me duermo enseguida.

17 de abril de 2010

La reina de la nada


A veces la naturaleza no es tan sabia como se cree. Al menos la sabiduría natural pasó de largo en la isla Fémina. Y así fue como a comienzos del siglo pasado la isla Fémina se rebeló contra su nombre y algo empezó a cambiar. Lo vimos primero en las huevas de los lumpos. Toda la isla se dedicaba a pescar. Las huevas se salaban y se envasaban y, una vez al mes, el buque del capitán Caronte se las llevaba hasta el mercado central de Frigoland. Pero lo cierto es que cada vez había menos huevas, porque las capturas se limitaban a los lumpos macho, de carne correosa y, por supuesto, de huevas inexistentes. Parecía como si las lumpas hembra se hubieran sumergido en aguas más profundas que el alcance de las redes.

Llegaban los pescadores ateridos de frío y pedían un vaso de leche con aguardiente para entrar en calor, pero pronto se dieron cuenta de que había mucho más aguardiente que leche. “Esas no son las proporciones adecuadas”, le decían al cantinero. Y el pobre hombre había de admitir que para él era más fácil asar cada día un buen pedazo de toro que servir un buen vaso de leche recién ordeñada. “Las vacas se mueren”, decía. “Y ya no nacen terneras, sino sólo los terneros. A este paso el ganado morirá de viejo”. Y lo mismo sucedía con los perros de los trineos, con los renos trashumantes o con los zorros que caían en manos de los tramperos. Sin lugar a dudas algo estaba pasando en la isla Fémina, que las proporciones no eran las adecuadas. Las bodas eran cada vez más poco frecuentes. Los hombres que querían fundar una familia solían acudir al continente y de ahí, previa entrega de suculentas dotes, lograban traerse a alguna bella mujer. Pero de aquellos lances conyugales solo nacían niños varones. Lo que antaño habría sido una fiesta ahora se vivía como una maldición.

Y cuando la isla Fémina amenazaba con despoblarse y algunos vecinos ya habían cerrado sus casas y esperaban en el embarcadero a que llegara el buque del capitán Caronte para empezar una nueva vida lejos de la isla maldita, entonces fue cuando nací yo. Y el nacimiento de una niña fue entendido por la comunidad como el posible fin de las desgracias que amenazaban con dejar la isla convertida en una estéril exaltación de la masculinidad más yerma.
Nací, pues. Y la isla se vistió de verbena. Las madres encintas me abrazaban contra sus vientres para que conjugaran la maldición de sus posibles hijos varones. Llegaron gentes de las islas cercanas para verme en mi cuna entre el orgullo de mi padre y la preocupación celosa de mi madre. Pero si mi nacimiento había de comportar un cambio demográfico en la isla, nada de eso pasó. Las pocas mujeres de isla Fémina continuaron pariendo niños sanos y fuertes. Ni una niña. Mis padres empezaron a recibir precoces peticiones de mano que vincularan a los recién nacidos de por vida. Con el fin de protegerme de enfermedades y de accidentes, se me privó de la posibilidad de ir a la escuela y de jugar por la calle con los que hubieran podido ser mis compañeros pero que ahora eran sólo candidatos a marido. Todos mis deseos se cumplían. Todas las joyas y los vestidos más caros me cubrían. Jamás recibí ningún “no” que no fuera el de la libertad. Se esperaba de mí la dulzura de la niña y apareció el despotismo de la matriarca. Nada me hacía feliz y nada de lo que yo hiciera haría feliz a los demás.

Es fácil imaginar lo que sucedió. Absolutamente privada de ser niña y de ser mujer, me planté en la vida más o menos adulta por pura acumulación de años. Llegó a la isla Fémina un guapo y rico pretendiente dispuesto a engendrar en mí lo más excepcional de la especie. Así fue, de mala gana, como apostamos ambos por la perpetuación de la especie. Pero nada de eso triunfó. La naturaleza volvió a fracasar de nuevo. Ya a los 45 años los médicos me dijeron que se me había pasado el arroz y que no había manera de concebir descendencia con mi mal carácter y mi excepcional organismo. El que había sido mi guapo esposo desapareció en los límites del mar. Y yo me quedé en la isla Fémina, como reina estéril, para administrar un mundo de machos solitarios.


Texto: Joan Barril

Fotografía: Corbis

14 de abril de 2010

Aquellos veranos...

Me gusta cada cierto tiempo, realizar un repaso a los álbumes de fotos que tengo guardados, y el otro día lo hice. Rescaté las siguientes fotos que veréis a continuación, en las que me hayo sola, con mi padre o hermano.











Qué recuerdos me vienen a la cabeza… Debería tener diez años y pertenece a uno de aquellos veranos que pasaba en casa de mis abuelos maternos. Permanecía allí desde que nos daban, en el colegio, las vacaciones de junio, hasta el nuevo comienzo del curso escolar, en septiembre. Imaginaros que, para mis abuelos, estar rodeados de sus nietos, era motivo de alegría. Había momentos del verano en que estaba sola con mis abuelos, o venían mis hermanos y primos.
En el patio, había una pequeña alberca y un tacho de cinc –para mojarnos, y después tomar el sol-, que mi abuela utilizaba antes de adquirir la lavadora, para lavar la ropa a mano.
Era un pueblo en el que, algunos vecinos –cuando el sol se ponía- salían a las puertas de sus casas con sillas hasta la hora de cenar. Mi abuelo decía que no quería oler a viejo (jamás supe ese olor), y me encargaba que, antes de llevarle al zaguán, le untara colonia. Era un hombre muy coqueto y elegante. Al no valerse por sí mismo, los que le cuidábamos, teníamos que estar pendientes de que no le faltase nada. Una vez que mi abuelo estaba allí, traía mi silla y la de mi abuela, para hacerle compañía.
Algunas personas que pasaban por la puerta, y veían a mis abuelos, estaban un rato hablando con ellos y cuando no, estábamos con los vecinos de las casas circundantes. Había un vecino, muy cariñoso, apodado Manolito Charlas (debido a una parálisis cerebral, tan sólo decía “Eco”), realizaba su paseo acera arriba, acera abajo, con su bastón, Carmen la de enfrente (porque vivía en la casa de frente), que cuidaba a su madre, llamada también como ella, entre otros.
Las calles tenían pendientes, algunas más elevadas y otras menos. Debido a esto, mis abuelos, a los vecinos que estaban situados a la izquierda los denominaban “casa arriba”, y a los de la derecha “casa abajo”. Un verano, inclusive aprobando el curso, decidí que mis padres me apuntaran a clases particulares de matemáticas, para tener un pequeño adelanto de los temas que tendría en el siguiente curso. Tenía que desplazarme, en la misma calle, varias casas más abajo, pues la casa de mis abuelos estaba en la parte más alta de la cuesta. Las clases eran impartidas por un profesor de instituto y tenía que llevar bien las matemáticas, pues todos los viernes realizaba un examen.
Camas nunca faltaban en aquella casa. Había seis más, pues mis abuelos, casi siempre estaban acompañados y, en cualquier momento, cada una estaría ocupada. Mis abuelos dormían en la parte inferior de la casa en habitaciones contiguas (aunque siempre tenía que dormir alguien en una cama en la habitación de mi abuelo, debido a su estado de salud), y cuando venían mis primos, que residían en el mismo pueblo, a dormir alguna noche, las charlas y risas se alargaban hasta altas horas de la madrugada. Mi abuela, en alguna que otra ocasión, iba al comienzo de la escalera para decirnos que durmiéramos.

Esto es sólo una pequeña parte; me hago mayor, mis abuelos fallecieron, la vecindad ha cambiado… y desde entonces finalizaron aquellas inolvidables épocas estivales. La casa ha variado bastante, veo a mis primos con menos asiduidad –es lógico que hayan rehecho sus vidas-, y siempre recordamos estos y otros momentos.



Fotografías: tejedora

28 de marzo de 2010

Semana Santa


I


Parece que es la hora, y no es la hora.

Parece que está todo... y algo falta.

Parece que la alcanzo y es más alta.

Parece que se acerca, y se evapora.



Parece que amanece, y es la aurora.

Parece que es su voz, me sobresalta,

y siento que algo huye, algo salta

como una luz esquiva y brincadora.



Pero sigo esperando, que a mi modo,

en ese hueco de esperarla, todo

me sabe a la alegría del reencuentro.



Si en mi pulso ya late su latido,

¿qué será cuando, al ver que ya ha venido,

la semana de Dios me suene dentro?



II


Parece que ya estamos y no estamos.

Parece que es el día y no es el día.

Parece que traía y nos traía

un domingo de palmas y de ramos



y todavía el día no alcanzamos,

aunque nos parecía que venía,

aunque al mirar al lejos parecía...

Y por esa esperanza la esperamos.



Parece que la tengo, y no la tengo,

parece que en la mano la sostengo

pero en la mano yo no la dispongo.



¿Qué será cuando al fin se manifieste

estrenando una túnica celeste

y vista de celestes el domingo?



III


Parecía que nunca volvería.

Parecía que ya no se acordaba.

Parecía que el tiempo la alejaba

y que en el tiempo mismo se perdía.



Parecía que no nos conocía.

Parecía que ya nos olvidaba.

Parecía que poco le importaba

volver al mismo nido... Parecía.



Pero mirad al sol haciendo guiños

en los ojos sagrados de los niños,

donde se purifica la mañana...



Esperad, mis impacientes paisanos:

para tocar el cielo con las manos

nos falta solamente una semana.



***



Prefiero su cercanía,

siempre distinta y tan suya,

con el callado aleluya

que lleva cruzando el día.

Y va por donde solía,

tan yente como viniente,

y nota que de repente

el tiempo se le eterniza

en una cruz de ceniza

en el centro de la frente.



Miradla, diosa dormida

navegando por su sueño,

despreocupado, sin dueño,

pero con rumbo a la vida.

Miradla. Parece ida,

y se está haciendo adjetivo

siempre renovado y vivo

por el que la idolatramos.

Eterno estreno por Ramos

llevará por el olivo.




Texto: Antonio García Barbeito.- El tiempo de la luz.

Pregón de la Semana Santa de Sevilla 2010

Fotografía: tejedora

20 de marzo de 2010

El violinista de Mauthausen


En París, una pareja está a punto de casarse en la primavera de 1940, pero la Wehrmacht invade Francia y él, republicano español exiliado, es detenido por la Gestapo y enviado al campo de exterminio de Mauthausen. Ella colaborará con los servicios secretos aliados, dispuesta a cualquier cosa para salvar la vida de su prometido. Entre ellos, un ingeniero alemán que ha renunciado a su trabajo en Berlín para no colaborar con los nazis, se dedica a recorrer Europa con un violón bajo el brazo. Muy pronto, las vidas de los tres se entrelazarán para siempre. El violinista de Mauthausen es su historia.


A Andrés Pérez Domínguez, le surgió la idea para escribir esta novela cuando se encontraba en Viena, una mañana temprano en una estación de metro y vio a una pareja joven bailando un vals en el andén, sin música, ajenos a todo lo que ocurriera y como si no estuviesen allí. Finalmente, se le ocurrió que esta pareja estaría en París, en los jardines de Luxemburgo, concretamente en la primavera de 1940, cuando los alemanes invaden Francia. Él (Rubén Castro) es un republicano español exiliado, ella (Anna Cavour) es francesa. Están a punto de contraer matrimonio, pero a él (por sus ideales políticos), se lo llevan preso al campo de Mauthausen.
Seguidamente, aparecen dos personajes principales más. Robert Bishop –agente norteamericano de la OSS y que necesita de la ayuda de Anna para convertirá en espía, a cambio de ofrecerle información sobre Rubén- y Franz Müller –berlinés y bohemio, que deja de trabajar como ingeniero aeronáutico para no estar vinculado al régimen nazi, y se refugia en su violín-.

Hay tres clases de campos de concentración: de primera, segunda y tercera categoría. Mauthausen era de tercera (aquellos destinados a presos no recuperables y que tan sólo podrían salir por la chimenea del horno crematorio).
Ciento ochenta y seis escalones conducen a una cantera y, se dice, que en cada peldaño hay sangre de un republicano español.

Esta novela me ha colmado de momentos angustiosos e inquietantes, como el viaje en un tren de ganado de los presos, sin beber ni comer, salvo cuando salían del mismo a beber agua de un charco, la espeluznante muerte de Santiago, preso valenciano y amigo de Rubén, y por último, cuando el hijo de un oficial de la SS, recibió como regalo de cumpleaños una pistola y la escena trágica que quiso cometer con este artilugio.

La música juega un papel fundamental, pues el vals que interpreta Fran Müller, salva a Rubén de la muerte (el sonido le deriva al pasado, y el recuerdo hace acto de presencia).

Me produce asombro, cuando Rubén Castro abandona el campo de concentración, tras cuatro años, cinco meses y seis días, muy delgado, con el pelo canoso y se siente muerto –aunque se encontrase entre los supervivientes- mientras que otros compañeros perecieron.

El violinista de Mauthausen está lleno de amor, pasión, drama, traición, crueldad y, también, sirve de homenaje a los que padecieron el Holocausto. He disfrutado leyéndola.
Tras leer El síndrome de Mowgli y finalizar El violinista de Mauthausen, pude comprobar que el final también es abierto. Es una de las características del autor, y personalmente creo que este tipo de finales, ayudan al lector a crear su propio final.

12 de marzo de 2010

La "e" minúscula está de luto


Ocupaba el sillón de esta letra en la Real Academia Española y que merecidamente le otorgaron el 25 de mayo de 1975, Cuando pronuncio su discurso titulado "El sentido del progreso en mi obra".


Era y Seguirá Siendo para mi, uno de los novelistas más importantes del siglo XX. Comencé a iniciarme en sus obras en la escuela, Cuando la profesora de literatura nos recomendo leer "El Camino" (1950), por Tener un estilo narrativo directo y fresco, y que revela las andanzas de tres niños: Daniel el Mochuelo, El Roque Moñigo y Germán el Tiñoso. Mi padre, tras acabarlos de leer, me ofreció "Los santos inocentes" (1982)-donde permanecen entre mis recuerdos las figuras de Paco el Bajo y el "inocente" Azarías, con su "milana bonita". Recreaba días de cacerías naturalezas y con sutileza y concluí, al terminar de leerla, que es una novela del Sometimiento y la humillación de los perdedores, que se érigé, al mismo tiempo, en un alegato contra Los Poderosos ya favor de los desheredados, y "El hereje" (1998), que dedico a la ciudad que le retuvo, Valladolid, y que quedó transportada siglos más atrás, en la época de Carlos I.

Anoche, Cuando supe que su hija Comunico A LOS MEDIOS DE informativos Qué estaba enfermo y que muy bien Probablemente todo Sería Cuestión de horas o pocos días, pensé, Cuando las manos de la muerte Estaban un Escasos centímetros de las suyas, si estaria reflexionando sobre Aquella frase que escribió:



"Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a y el interior tu no encuentras más que banalidad, Porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales".
Descanse en paz, que los que le conocemos Mediante sus obras, le seguiremos recordando.

"La novela es un intento de exploración del corazón humano a partir de una idea que es casi siempre la misma contada con diferente entorno". Miguel Delibes.


4 de marzo de 2010

La paz del comercio


"¡Cada día que pasas por aquí traer cosas más caras, Otto!". Eso es lo que le decían las mujeres que Salia de sus casas Cuando Otto, veterano de guerra y Lisiado tal vez, por una mina Escondida, detenía su camión y daba cuatro o cinco bocinazos. La verdad es que lo más nuevo que Llevaba el bueno de Otto en su camión no eran las mercancías entre China y los billetes de banco, Porque ya no había Bastantes ceros Para cubrir la Inflación y cada mes La Fábrica de la Moneda se dedicaba un imprimir nuevos billetes Con la efigie de ilustres patriotas con bigotes.
Pero eso era de La Paz, al fin y al cabo. La paz no es otra cosa que comprar y vender y protestar si las cosas son caras y hablar con el tendero y encargar todo aquello que nos Hará falta para al futuro. Pero el futuro no siempre Responde a lo que esperamos.

Otto dejaba el camión frente al almacén y al día siguiente ya lo encontraba cargado para volver a hacer la ruta habitual. La gente le Pedía cosas ordinarias y de pronto aparecían en la caja del camión cosas realmente extraordinarias. Sus clientes le pedían platos de loza, pero en la alacena de los platos sólo había escudillas de campaña. De Las mujeres de los pueblos le hacian encargos de ropas finas, pero ya sólo le quedaban camisas de color pardo y abrigos densos para abrazar sobre el frío. Los cazadores le pedían Munición para acabar con los zorros, pero siempre encontraba Otto extrañas cargas de pistolas y fusiles militares de asalto. "Cosas de los jóvenes", Pensaba. Al fin y al cabo, El sobreviviente de la batalla del Somme y de Verdun, Sabia Que El Mundo No Puede resistir muchas guerras seguidas y su camión que era el símbolo de la Paz del Comercio, Porque Mientras haya gente que quiera comprar y que gente quiera vender, la civilización acabará sosteniéndose.

Un día, a la salida del almacén, un guardia de los nuevos le advirtió de que un Otto ya no podia vender una cualquiera y que si se le acercaba un cliente con un Brazal con la estrella de David debía negarse a darle Ningún tipo de mercancía por más billetes de Marcos que le ofreciera. MESES DESPUES le advirtieron que su camión Estaba en muy buen estado Cualquier día y que se le acabaría el negocio y Debería Transitar por otras rutas. Así fue como Otto Tuvo que dejar de Acudir habitual al almacén y cargar su camión en un almacén del Ejército. Y así tambien como en vez de ir hacia el Oeste le mandaron al este Porque su patria Estaba a punto de invadir Polonia y los soldados necesitaban Avituallamiento de confianza, y ¡quién mejor que un veterano de la I Guerra Mundial para dar confianza A LOS jóvenes soldados del Reich!

En cualquier caso, Otto no se separo del camión ni en las condiciones más duras. Sobre la caja de aquel camión generales ya llevo un Condenados a muerte. Sus ruedas pisaron el barro de la estepa rusa y las arenas del norte de África. Ya en la retirada de todas las Retiradas Volvió a circular por las carreteras desiertas de la derrota. Y allí se encontró con Algunas de sus antiguas clientas de cuando la paz Parecía posible. Se detuvo en el pueblo de siempre, dio cinco o seis bocinazos, salieron las mujeres de menos siempre con hijos y con menos maridos, Fueron A sus huertos y Le Dieron un Otto sus Cosechas para que fuera por ahí un venderlas Cuando llegara, por fin , la verdadera paz.

Texto: Joan Barril