24 de marzo de 2009

Edades (II)


La infancia de Ana transcurría de manera normal. Sus continuos lloros, y tras reiteradas visitas médicas que le restaban la menor importancia, se prolongó trece meses y medio, según su madre, día y noche. A partir de entonces no lloraba con la misma frecuencia.


Dos años después

Su hermana y ella vivían en un confortable y acogedor piso situado cerca de la casa donde residían sus abuelos maternos. Su abuelo decía que parecía una gitana con la piel morena, dos aceitunitas negras como ojos y cabello negro rizado corto y, junto a su esposa, jugaban demasiado con sus nietas.

Los fines de semana, Carmen y José iban en coche junto a sus hijas, para estar unas horas con la familia paterna. El pueblo donde habitaban los padres de José estaba a tres cuartos de hora en coche. Los abuelos paternos de Ana vivían, además, con dos hijos más que se encontraban solteros (varón y hembra) y contaban con una deficiencia física desde su nacimiento: no andaban de forma correcta, sino que se tambaleaban. Tampoco les hacía falta muletas para desplazarse de un sitio a otro.
Fernando, el padre de José, a pesar de ser machista y dejarse llevar por lo que decían sus hijos y esposa, respecto al machismo, quería mucho a sus nietas. Lo peor era después, cuando se marchaba el matrimonio e hijas de regreso al pueblo, pues enseguida su hija María José le reñía y cuestionaba la actitud mostrada con sus nietas durante la visita. Pero Fernando callaba.
Siempre tenía unos caramelos en su bolsillo para ellas. Tras aceptarlos, ambas agradecían, jamás se le olvidaban, pues se lo inculcaron sus padres.
A lo que más le gustaba jugar Fernando con Ana era al caballito y enseñarle los canarios que él mismo criaba. El caballito lo hacía de forma que sentaba a Ana en sus piernas y él las subía y bajaba simulando el trote de un caballo. Fernando y su nieta Ana compartieron muchos momentos buenos, llenos sobretodo de risas. Todo esto duró poco. Fernando tuvo una enfermedad larga y dolorosa, ni su esposa e hijos solteros lo llevaron al médico cuando notaba los primeros síntomas sino que lo fueron demorando. José y sus hermanos casados se ocuparon de él desde el descubrimiento de la enfermedad hasta el fallecimiento.

10 comentarios:

Tchi dijo...

Hay huellas que no pasan aunque pase la vida de aquellos que nos las dejarán.

El amor queda siempre.

Merece la pena compartirlo.

Besos.

Lourdes dijo...

Esto de tener la historia por entregas hace que estemos más que pendientes, eh?

En fin... Esperemos con paciencia la siguiente.

Un beso, Tejedora.

Ayla dijo...

Tienes una forma muy amena de relatarlo. A pesar de la tristeza, resaltas, como quien no quiere la cosa, los momentos felices.

En cuanto a mi entrada...;P
¿tienes correo? Te lo mando allí ¿quieres? Es extenso para dejarlo aquí.

Los exámenes, en principio, creo que bien, salí bastante satisfecha de lo que hice :D

Tengo derecho a pasar al segundo exámen. Lo que no sé todavía es si a los demás le pasó lo mismo. ;P

Mañana lo sabré. Gracias por preocuparte. Y tú, ánimo, que ya se acerca junio.

Ana dijo...

Que bonito...Espero la tercera parte...
Muchos besos.

Esther dijo...

que pena que el abuelo muriera asi y que no lo llevaran antes al medico. AL menos disfrutó de sus nietas durante un tiempo.

besos

Lunaria dijo...

Me uno al comentario de Lourdes.
A ver qué nos depara la siguiente.
Besitos.

Carmen dijo...

Me gusta mucho esta historia. Es genial cómo a pesar de relatar momentos amargos destacas muy bien los felices.

Espero más con impaciencia.

Un besito preciosa

cabopá dijo...

Gracias por seguirme.Los jazmines son mis flores preferidas y su olor mi aroma de simpre.Tengo la suerte de tener un jazminero siempre cerca. Mi padre tambien le hacía el caballito a mis hijos cuando eran pequeños pero no tuvimos suerte y los disfrutó poco se fue demasiado temprano. Besicos.

Dashina dijo...

Hay tanta tristeza latente que duele. Cómo la gente está tan fascinada por sus propias vidas que se olvidan de lo que les rodea.

Besos

Alvaro Peña dijo...

Ya le he leido... espero la tercera parte