8 de noviembre de 2009

Las fronteras interiores



Hanna Anbruster estaba acabando de hacer la comida para ella y para su gato Max. Hanna vivía sola desde el final de la guerra. Se puede decir que apenas tuvo marido, porque se casaron en 1939 y Fritz fue movilizado en una de las grandes divisiones Panzer. Dicen sus amigos que era un buen artillero. Entró en Varsovia sin disparar ni un tiro. Después fue destinado a la bolsa de Dunkerque. Paseó por los Campos Elíseos y todavía tuvo tiempo de cambiarse de uniforme para pasar a engrosar las filas del Afrika Korps. Por lo visto, Fritz acabó miriendo en combate en la batalle de Kursk, literalmente asado por las bombas soviéticas. Así vivió aquella maldita guerra la joven Hanna. Y ahora, en su casita de la Bernauer Strasse, en el centro de Berlín, sobrevivía con la ayuda del Partido Comunista en el poder y haciendo de telefonista en el ministerio de propaganda. Hanna había llegado a los 40, que es esa edad en la que de forma la bisectriz de la belleza y de la inteligencia. Pero no estaba el tiempo para celebraciones. En el economato no había sal. Y la cazuela de sauerkraut amenazaba con llegar a la mesa insípida y triste como el día. Ni siquiera Max se la comería. De pronto vio una sombra en la ventana del patio interior de la casa contigua. Era su vecino, un hombre taciturno y tullido que también vivía solo. Hanna bajó a la calle, subió a la casa del señor Stirner y le pidió un poco de sal. Ese fue, din duda, el comienzo de una gran amistad.

Porque la soledad no la vence un gato. La soledad es ese pretexto que nos hace olvidar lo que no tenemos en la esperanza de que lo tenga otro. Después de la sal, otro día, fue el martillo. Tras el martillo, el señor Stirner trajo también su mano para aquella pequeña reparación que Hanna no podía acometer. Meses después llegó el pretexto del té compartido y a veces hasta un ramo de flores que Hanna había avivado en su parterre del ministerio. Stirner también había perdido la guerra. Una pierna en Normandía y una familia entera bajo los cascotes de los innecesarios bombardeos de Dresden. Pero de eso no se hablaba, porque las tardes en la Bernauer Strasse eran como un algodón de color gris suspendido en el tiempo y en la historia. Stirner y Hanna ya sólo tenían ánimos para sentir una extraña nostalgia del futuro. Tal vez por eso, de ven en cuando, Hanna encerraba a Max en la azotea y buscaba el cuerpo de Stirner para hacer los encajes con los dedos y así se dejaban ser en el amor que no quiere llamarse amor.

Hasta que un día les despertó un enorme estrépito de taladros y de camiones. Una brigada estaba levantando los adoquines y otro iba tendiendo alambres de espino que se introducían por el jardín comunitario. Hanna abrió la ventana y llamó a Stirner. “¡No me queda sal. Tampoco puedo dejarle las herramientas. Me voy, Hanna. Véngase conmigo”. Hasta entonces vivían en la misma ciudad y de pronto Stirner, sin moverse de su casa, estaba en Occidente y ella se había quedado encerrada en una Bernauertrasse que no iba a ninguna parte. Llegó el responsable de la brigada: “Camarada Ambruster. De ahora en adelante, el acceso a su casa será por el garaje. Las ventanas que dan a la calle se van a tapiar”. Mientras aspiraba el olor a cemento, Hanna se sintió en el interior de una tumba. Buscó a Max. Salió a la calle. En la lejanía, aquel gato de siete vidas la miraba desde el vértice de un muro protector. De Stirner nunca más se supo. Y al día siguiente Hanna regresó al ministerio de propaganda para cantar las excelencias de un Estado que prefería el orgullo a la libertad.
Texto: Joan Barril
Fotografía: Corbis

Frases de piedra. Mensajes con moraleja escritos en el muro de Berlín entre 1961 y 1989


Fuentes: Revista "Dominical" y "Arte en el muro de Berlín" (Editorial Elefanten Press)

30 de octubre de 2009

Dos libros finalizados de leer desde hace tiempo


Rafael Montalbán tiene una forma poco ortodoxa de ganarse la vida: de jueves a sábado custodia la puerta de un club de alterne, y el resto de la semana ejerce de guardaespaldas ocasional y de cobrador de deudas por cuenta ajena. Pero su vida no fue siempre así: veinte años atrás era un boxeador prometedor que estuvo a punto de luchar por el título de Campeón de Europa superwelter, pero las coasa se torcieron: se enamoró de la mujer que menos le convenía y acabó traicionando a la única persona que se había portado bien con él. Ahora ha decidido empezar de nuevo, y cuando un periodista le propone ir a un programa de radio para contar su vida a los oyentes encuentra la excusa perfecta para expiar sus culpas. Pero eso no será más que el principio. Para volver al punto donde su existencia tomó un desvío equivocado y ajustar cuentas con el pasado deberá empreder un viaje que lo llevará desde Madrid hasta la costa de Cádiz, y luego a Lisboa. Con una poderosa historia de amor y venganza como telón de fondo y la necesidad de ser aceptado por los demás, El síndrome de Mowgli es muchas cosas a la vez: una novela descarnada y tierna por momentos, donde el protagonista, Rafael Montalbán, por mucho que lo ha intentado no ha logrado encontrar su lugar en el mundo, como el protagonista de El libro de la Selva; un homenaje al personaje de Ruyard Kipling y a los libro y a los héroes de nuestra niñez; pero sobre todo es la confirmación como novelista de Andrés Pérez Domínguez, que atrapa al lector con su habitual fluidez narrativa y el espléndido desarrollo psicológico de los personajes.


Esta novela, escrita por Andrés Pérez Domínguez, obtuvo el XVII premio de novela Luis Berenguer. La lectura de la misma me ha cautivado hasta el final. Me quedo con la descripción psicológica y también física que realiza en cada uno de los personajes, algo muy importante que valoro. Citar, por ejemplo, a Montalbán, protagonista de la misma, aquello de “cuerpo fibroso, bajito y con la nariz quebrada”.

Para Montaner o Rafael Montalbán, la vida da un giro fugaz de la noche a la mañana. Tras la entrevista que le realizó Teresa Bernal en un programa radiofónico, decide volver a encontrarse con Lola, una mujer que, dieciocho años atrás le dejó marcado. A partir de ahí viaja desde Madrid hacia la costa gaditana y más tarde a Lisboa - ciudad donde también estuvo en el pasado con Lola-. Todo esto, unido a la persecución que provoca inquietudes y preocupaciones para Montaner y Lola.

La lectura de esta novela, ha manifestado en mí momentos de nerviosismo y tensión –sanos, por supuesto- debido a la persecución que antes cité, y ternura, a consecuencia de los encuentros que viven a solas Montaner y Lola.






Tras las puertas de cristal del centro comercial Green Oaks, en Birmingham, se esconden los anhelos de cientos de personas. Una noche, un guardia capta a través de las cámaras de seguridad, la imagen de una niña desaparecida hace veinte años llamada Kate Meaney. Kate solía deambular por el centro mientras jugaba a ser detective e imaginaba los oscuros secretos de los clientes, con la única compañía de su mono de peluche Mickey.


La novela se desarrolla en dos etapas: 1984 y 2003 en la ciudad de Birminghan. En 1984, Kate, la niña que vemos en la portada, sueña con ser detective. Va de un lado para otro con su mochila y mono de peluche, Mickey. Se rodea de bastantes personas, entre ellas Adrian, hijo del Sr. Palmer que regenta un quiosco y es doce años mayor que ella. Kate valora el regalo que le hizo su padre. Se trata de un libro titulado “Cómo ser un buen detective” y que le ayuda a realizar sus investigaciones. Sus padres mueren en trágicas circunstancias y ella se queda bajo la tutela de su abuela materna. Finalmente, Kate desaparece en el centro comercial Green Oaks.

2003: Hay reflejados dos personajes, por un lado Kurt, que es vigilante nocturno del centro comercial Green Oaks y por otro Lisa, hermana de Adrian, también desaparecido poco tiempo después de Kate, y que trabaja como dependienta en una tienda de música.

Como conclusión, Kate esconde un misterio que no quedará resuelto hasta el final de la novela.
Es un libro repleto de intriga y que mantiene el suspense hasta la última frase del mismo, seguido de muchas sorpresas.

23 de octubre de 2009

¿Alguien sabe quién soy?


Dicen que tengo 74 años. Es posible. Hasta ahora lo daba por cierto, tal vez por pereza o por ganas de no pensar mucho más lejos. Dicen que me llamo Victory. De apellido de soltera parece ser que me llamaban Smith, tal vez porque a los que me dieron mi segunda vida les acometió la misma pereza que a mí y a las mismas pocas ganas de pensar. En realidad, la primera vez que pude leer algo referido a Victory Smith fue en un papel de la escuela primaria de Leighton, en Bedfordshire. Pero lo de Smith duró bien poco, porque mis nuevos padres se llamaban Taylor, que tampoco es una muestra de una gran imaginación. Y así he ido por la vida, siendo Victory –por el resultado de la guerra- y Taylor, por la buena gente que me hizo de padres durante muchos años.

La verdad es que mi papá Taylor se pasó la vida trabajando. Y no le fue mal. En el ejército se cuidaba de reparar carros de combate y, con la paz, pensó que podía dedicarse a reparar coches. Cuando papá Taylor murió, disponía de una mediana red de talleres que le proporcionaban bastantes beneficios. Hace una par de semanas, vendí los talleres Taylor a una empresa alemana. Ya es curioso: la gran industria británica de la automoción ha sido comprada por las fábricas Daimler y Benz, a las que tanto creímos destruir en su día. Pero eso no importa. Lo importante es que hoy tengo dinero y una participación vitalicia en los talleres Taylor. Y lo primero que he hecho ha sido imprimir esa foto de los niños y pegarla por las paredes preguntando a la gente si alguno se acuerda de quién soy en realidad.

Porque todo empezó con los bombardeos de Coventry. Aquella noche de fuego llegaron los bomberos y nos sacaros de casa. Ya nunca más volví a ver a mis padres. Nos llevaron a una casa de acogida donde no llegaba el zumbido de los aviones. Allí me vinieron a decir que tal vez mis padres no regresarían jamás. Yo les decía que vivía en una casa muy cerca de la catedral, porque cada hora oía el tañido de las campanas. Pero un día escuché que todo el centro de Coventry estaba arrasado. Fueron años plácidos. Me acuerdo de alguno de mis compañeros de aquellas larguísimas vacaciones, pero, naturalmente, a todos ellos les cambiaron el nombre, y la casa de acogida dejó de acogernos. Fue una familia para los que no teníamos familia. Me quedé sola y ahora sigo estando sola. ¿Alguien sabe quién soy? Porque, si la vida es memoria, me he quedado sin una parte importante de mi vida. He puesto un número de teléfono. Los vecinos, que no sabían nada de mí, me vienen a ver y me compadecen. Otros, más cautos, dicen que no me fíe del primero que llegue, que hay gente que se dedica a aprovecharse de los que no sabemos nada de nosotros mismos. Todavía conservo en la vitrina la taza con la que tomábamos la leche en el jardín. Se rompen los recuerdos, se quiebran las familias, pero incluso la loza resiste más que la humanidad en armas.

Acaban de llamar por teléfono. Pero no era nadie que preguntara por Victory Smith. Se limitaban a ofrecerme un plan de pensiones en cómodas mensualidades. Ellos sí creen que saben quién soy.
Texto: Joan Barril
Fotografía: Getty

30 de agosto de 2009

Los pies ligeros



No era frecuente en aquellos felices años 20 encontrar a una chica tan despierta, servicial y estudiosa como Margaret Hulton. Su padre, el mayor Hulton, había sido un heroico militar. A él se debía buena parte del tendido ferroviario del norte de la India y también la sumisión de las tribus kashmires que en su día amenazaron las guarniciones del Rajastán y sus rutas de suministros. El mayor Hulton fue captado por el Estado Mayor y se desplazó con su familia a Candem. El mayor Hulton hizo un magnífico trabajo en la organización de los cuerpos expedicionarios que se batieron con los fascistas de Mussolini en Abisinia. Pero quizá lo mejor de la biografía del mayor Hulton fue la educación que le proporcionó a su hija mayor, Margaret.

Porque Margaret llegó de la India con un gran baraje académico. Sus calificaciones siempre fueron espléndidas. Sabía a la perfección todas las lenguas europeas: el francés, el alemán y nociones de español. Pero lo que más sorprendió a sus profesores de la escuela secundaria de Bath fue lo que no se aprendía en los libros. Margaret había traído de la India conocimientos de fauna salvaje, nociones de la ancestral medicina ayurvédica, cuentos enteros de la tradición bengalí y una gran habilidad en la artesanía hindustánica. Su paso por el Trinity College de Oxford no le impidió brillar con luz propia en un mundo de señoritos de estirpes ennoblecidas. Se especializó en lenguas clásicas y a los 22 años publicó una magnífica traducción de La Ilíada, aquel gran poema épico en el que campaban Aquiles, el de los pies ligeros y Ulises, el soldado que venció a los troyanos introduciéndose en el interior de sus murallas.
Pero llegó la guerra. El mayor Hulton por poco deja la piel en el heroico repliegue de Dunkerque y su hija Margaret fue movilizada en los cuerpos auxiliares femeninos. Los bombardeos a los que fue sometida Londres eran recibidos por Margaret con la impavidez de quien recibe la bendición del monzón. Digna hija de su padre, Margaret fue condecorada por la defensa pasiva y después reclutada, por su dominio de la lengua alemana, como intérprete de los pilotos nazis que habían sido derribados en la batalla de Inglaterra. En especial debía traducir y sonsacar a un extraño personaje llamado Rudolf Hess, un nazi de la primera hora que había aterrizado en Escocia con la insólita misión –decía- de negociar la paz con Inglaterra.

Desde aquel momento, el carácter de Margaret Hulton se volvió más esquivo y reservado. Su familia y sus superiores achacaban el cambio a la responsabilidad de estar en contacto con un enemigo de tanto prestigio como misterio. Nada parecía que pudiera sacarse del lugarteniente de Hitler. Rudolf Hess fue internado en una prisión mientras la guerra continuaba en tablas. Margaret solicitó un cargo de mayor calado militar y, siempre auspiciada por su padre, fue enrolada también en el Estado Mayor. La guerra se endurecía y los nazis parecían anticiparse a los movimientos británicos. Sin duda su red de inteligencia era más sólida de lo que suponía el contraespionaje.

Fue una víspera de Navidad de 1943, cuando el mayor Hulton recibió en su mansión de Candem a dos oficiales de paisano. Estuvieron toda la tarde hablando y fumando en el despacho del mayor. Visiblemente lívido, el mayor Hulton anunció que aquellos caballeros se quedarían a cenar y que, cuando llegara Margaret, la hicieran pasar al comedor.
Pero Margaret Hulton no llegó aquella noche ni ninguna otra. Un pequeño bote había zarpado del puerto de Brent y tal vez un submarino alemán había recogido a sus pasajeros. Ya era media noche cuando los oficiales del Intelligence Service registraron la habitación de Margaret. En el interior de sus calcetines encontraron las pruebas documentales de su traición. Había empezado como Ulises y había huido como Aquiles, el de los pies ligeros.
Desde su cautiverio, Rudolf Hess se negó a hacer algún comentario, mientras sonreía en silencio.
Texto: Joan Barril

27 de agosto de 2009

Los caracoles no saben que son caracoles


Clara, 35 años, divorciada y con dos hijos, tiene una vida tan normal como la de cualquiera, hasta que un día sucede algo que la cambia por completo.



La novela empieza con el fallecimiento de la hermana de Clara con la que siempre guardaba una estupenda relación. Este hecho hace que la vida de la protagonista cambie, comenzando con los interrogantes que ella ve en su vida hasta ver las cosas desde una perspectiva más madura, teniendo en cuenta las situaciones que le rodean como su trabajo en una productora de televisión y fotógrafa, su exmarido, los hijos, el sexo,…
Es fácil de leer y pasar un buen rato. Me ha hecho reír y a veces llorar.


12 de agosto de 2009

Corazón que no siente


A veces me pregunto si mis padres concibieron a mi hermano sólo para hacerme compañía. Otros hermanos del vecindario también iban juntos a la escuela, y probablemente estudiaban juntos, y también jugaban al béisbol juntos, y cantaban juntos los villancicos de Navidad. Pero nunca conocí a ningún hermano que estuviera siempre tan cerca de su hermano. Porque mi hermano menor me llevaba de la mano y me hacía aprender de memoria las poesías de Tennyson y las capitales de los estados de la Unión. En realidad mi hermano me explicaba todo lo que él veía, sencillamente porque yo era ciego de nacimiento y jamás pude ver nada que no fuera por sus ojos. Gracias a mi hermano supe relacionar el color verde con el color de las ranas y desde entonces supe que el verde podía ser húmedo y viscoso pero también podía ser el color de la primavera cuando el viento peinaba las praderas. También me enseñó el color del agua azul del mar y del agua dorada del crepúsculo. Mi hermano siempre supo que para mí era mucho más importante contar los peldaños de la escalera que mirar los cuadros de las paredes. Nos hicimos mayores y fuimos a la universidad, naturalmente a la misma. Y allí las cosas empezaron a romperse, porque a la hora de las calificaciones incomprensiblemente sus notas iban a peor y las mías iban a mejor. Atribuimos esta evidente injusticia al hecho de haber desarrollado durante muchos años mi memoria. Todo lo que yo sabía no podía confiarse ni en unos apuntes ni en la lectura de los libros. Y la memoria, cuando se la alimenta desde que somos pequeños, se graba y no se borra jamás.
Un día mi hermano me llevó a una fiesta y me presentó a la chica que le gustaba. Olía a jazmín y ropa almidonada. Me alegré por mi hermano, porque ya era hora de que pudiera acompañar a alguien que no fuera yo. Tarde o temprano yo debería aprender a vivir sólo en compañía de barandillas y de amigos nuevos que entendieron que podía hablar de economía pero que no estaba dotado para la práctica del deporte. Busqué una casa en el Village, cerca de Columbia, y gasté mis ahorros en comprarme un piano. La vida era plácida y tranquila. Mis padres envejecieron rápidamente y murieron con discreción al mismo tiempo. Su muerte fue un pequeño velo negro que cubrió mi negrura. En el cementerio dije un viejo y largo poema de un escritor inglés. Creía que éramos una multitud, pero cuando mi hermano me sacó de allí pensé que nos habíamos quedado definitivamente solos.

Una noche llamaron a mi puerta en mi casa del Village. Bastó abrirla para que entrara aquel excitante perfume de jazmín y de ropa almidonada. La invité a un té. Hablamos de música y de literatura. Le pregunté por mi hermano y ella me dijo que mi hermano era un buen hombre, pero que me quería a mí y que estaba dispuesta a ser mis ojos y mis manos durante el resto de nuestras vidas. Aquella noche supe que yo también tenía cuerpo y aprendí que lo más doloroso de la vida es vivirla con una mentira tan profunda como era la traición a mi hermano. Jamás dijimos nada, como si creyéramos que la gente que ve no quiere ver aquello que les entristece. Mi hermano vino a verme un día. Me dijo que había dejado la universidad y que se iba a Europa a hacer fortuna. Le despedí en el puerto y mientras el barco se perdía en el horizonte yo continuaba agitando un pañuelo como si fuera la bandera blanca de una guerra que jamás habría querido.

Pero ayer regresó mi hermano de Europa y me dijo que lo hacía para quedarse. Me contó que la fortuna que había ido a buscar se había cruzado en su camino y que estaba construyendo una casa muy alta en la Quinta Avenida. Me dijo que le gustaría que ocupara uno de aquellos apartamentos y que me invitaba a subir por los ascensores y por las escaleras y que palpara el espacio que me había reservado. Y aquí estoy ahora, caminando por el que será mi nuevo apartamento sin mis amigas barandillas y con extraños pasillos que cimbrean bajo mis pies.
Es evidente que mi hermano sabe lo de su novia y yo. Y no están aquí otros ojos para salvarme de la pena que merecen los traidores, aunque sea por amor.
Texto: Joan Barril