Me muestro conforme con ella; la soledad se halla presente, estemos solos o acompañados.
No importa mi nombre ni mi edad. Tengo continuos bajones de ánimos. Cada día, cuando me levanto de la cama, lo afronto como algo nuevo, que hay que vivirlo y si es intensamente, mejor. Pero me atraviesan hechos, circunstancias, que impiden que viva como deseo. Estoy luchando por algo relacionado con mi futuro, que me cuesta, sintiendo cómo tropiezo con obstáculos. Algunos de ellos logro superarlos y otros siguen ahí.
Hago lo posible por no llorar delante de una persona a la que quiero mucho, está enferma y su mejora está siendo leve. Dicha persona sabe que se salvó gracias a mí, porque si no hubiera nadie en casa en esos momentos, hubiera tenido un final no deseable. Cuando está a mi lado me abraza tanto, y reitera en muchas ocasiones la palabra “gracias”. Le digo que no es nada, aunque interiormente estoy orgullosa de lo que hice aquel día y que se encuentre entre los que le queremos. Pero cuando no está, las lágrimas no cesan en caer.
Al querer lograr algo, si puedo, dejo algo atrás, -aunque posteriormente lo retome- con la finalidad de que si antes tenía unas ocupaciones que no son tan urgentes, el tiempo se lo dedico a aquello que más me interese. Esto también tiene sus estragos y los he notado continuamente.
Anoche, cuando había cenado y tenía puesto el pijama, me llamó un amigo tras salir del trabajo. Llevaba sin verle muchos meses, aunque no perdíamos el contacto telefónico. Insistió en que saliésemos a tomar una copa porque tendría que darme una noticia. Me tuve que vestir y posteriormente acudí donde acordamos quedar en vernos. La noticia cayó como un jarro de agua fría: en breve irá a tierras afganas. No contuve las lágrimas, le abracé durante breves minutos. Él se lo tomó a bien, pues se trata de su trabajo, aunque asegura, a partir de ahora, añorará a la ciudad y también a los que le tenemos afecto. Lo restante transcurrió nombrando tiempos pasados entre cigarros y copas. Me despedí de él con un “hasta pronto” mientras estábamos en la puerta de casa, denotando esperanza en verle cuando sea posible para ambos –sobre todo para él-.
Una vez dentro, la soledad me miraba fijamente; pasé de lado sin hacerle caso. Me cambié de ropa para volverme a poner el pijama y me fui a la cama.
Seis de la mañana: me despierta la gata, maúlla y requiere mimos. Sabe que le correspondo hasta retorcerse encima de la colcha ronroneando. Miro al fondo de la habitación. La soledad sonríe y agacho enseguida la cabeza.

Cinco de la tarde: estoy sentada en el banco de un parque contemplando cómo gritan los niños mientras juegan y los pájaros claman antes de recogerse.

Regreso a casa e introduzco la llave en la cerradura… ¿cómo me esperará la soledad?







