25 de junio de 2011

Palabras




Es curioso cómo uno está convencido de que se explica pero resulta que nadie le entiende… No sé si me explico… O cómo uno cree que el silencio le exime cuando su vacío verbal impacta en los presentes con mordacidad. Cómo una palabra pretendidamente amable dicha desde el rencor se percibe todavía con más violencia que un insulto rabioso. Somos millones de seres humanos, cada uno con sus cosas, creyendo compartir un mismo idioma. Pero no. Cada ser humano tiene un idioma diferente. Y las palabras a menudo ensucian la comunicación. ¿Cuántas cosas decimos en el peor momento? ¿Y cuántas de ellas a la persona menos adecuada? ¿Cuántas omitimos cuando es necesario pronunciarlas? ¿Cuántas capas esconden nuestras palabras? ¿Cuántas veces sale nuestra voz con honestidad? ¿Cuántos “te quiero” hemos oído que no sonaban a nada? ¿Cuántos “te odio” nos llegan como un “te quiero”? ¿Cuántos “te conozco bien” hemos escuchado del que vemos como a un desconocido? ¿Cuántas crisis hemos provocado con apenas dos frases? Hablas con cariño y el otro percibe desprecio, hablas con desprecio y el otro no se da por aludido (y mira que tú lo has intentado). No hablas y el otro descifra tu silencio de forma errónea. Hablas y para los demás es como si no dijeras nada. Callas cuando lo crees correcto y resulta que tenías que haber dicho eso que no sabes que tenías que decir. Hablas pero, claramente. Lo más inteligente sería haberte callado. Pronuncias un “te amo” cuando el otro necesita aire y espacio, un “mejor lo dejamos” cuando reclaman tu apoyo más que nunca. Un “ya te llamo yo” que se interpreta como un “no me llames tú”. Un “¿qué piensas?” cuando el otro por fin había conseguido dejar de pensar. No preguntas por no sacar ese tema delicado que el otro está deseando que saques. Un “estoy reunida, ahora no puedo hablar” cuando el otro está a punto de arrojarse por el balcón. Un “no te preocupes por nada” cuando el otro no estaba hasta el momento preocupado. Un “estoy aquí para lo que necesites” cuando el otro lo que necesita es que no estés ahí. No llamas por respeto y se recibe como indiferencia. Un “tengamos un hijo” cuando se disponen a dejarte. Un “te necesito” al inmaduro. Un “hoy quiero estar sola” al inseguro. Un “esto sabe raro” al hipocondríaco. Un “te invito a una caña” que suena a “cásate conmigo”. Un “nada puede ir peor” cuando a tus espaldas se desata un tsunami. Palabras; palabras fuera de lugar, palabras que esquilan, palabras que naufragan, palabras lisiadas, palabras lanzadas con cerbatana, palabras que lo cambian todo o que no cambian nada. Palabras disfrazadas de otras palabras. Vamos a tener que afinar nuestra intuición y entonar nuestros silencios. Vamos a tener que aprender a descifrar a los demás más allá de sus gargantas, sus lenguas y sus cuerdas vocales. Vamos a tener que hacernos un poco más listos para sobrevivir en esta Torre de Babel, a la que cada vez le crecen más pisos. Esto es todo lo que tenía que decir… Ahora, a saber lo que habéis entendido.



Texto: Bárbara Alpuente

7 comentarios:

Manel Aljama dijo...

Gracias por compartir esta lección magistral a la que como mínimo tengo que darle la razón y es que las palabras van por un sitio y el sentir va por otro. Y después de tantos malentendidos prefiero esos silencios y esos intercambios de miradas que sin decir nada dicen tanto... ¿a que sí?
besos

mariajesusparadela dijo...

Y, ya antes, en "el principito" el zorro dice: "La palabra es fuente de malentendidos"

Lourdes dijo...

Jopé, qué bueno el texto! Me lo voy a guardar porque me ha encantado.
Quizás porque me he visto identificada en cada frase, jamía.


Un beso enorme, Tejedora!!

Laura T. Marcel dijo...

Muy bueno este texto y además muy real. Muy bien dicho y con esos juegos de palabras tan ciertos con los que hacemos difícil lo sencillo e incomprensible lo más simple. Pero el poder del retorcimiento no es de las palabras sino de los que las usamos.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Estupendas siempre las palabras que nos dejas.

Saludos y buena tarde!

Conde dijo...

es bonito lo que escribes.

Ana Muela Sopeña dijo...

Sí, es cierto. Las palabras no pueden descifrarse bien cuando se trata de vida social y vida sentimental. A veces son lo que son, otras son pretextos o pequeñas mentiras. Otras veces son mentiras despiadadas. Y cada vez es más difícil interpretar lo que quiere decir el otro.

Así todo siguen siendo las palabras las que nos aproximan a las otras personas. Por tanto tenemos que cuidarlas.

Un abrazo
Ana